Desde la cima del alto de Megiddo, con los vestigios de 25 civilizaciones a nuestros pies, cada colina y cada valle nos cuentan un relato bíblico. Todos los ejércitos que han pasado por estas tierras han luchado junto a él. No es de extrañar que el libro del Apocalipsis sitúe la gran batalla del Fin de los Días en este paraje y que lo llamara Armagedón.
Megiddo se halla en la misma encrucijada de la historia. Era una de las principales paradas de la mayor ruta comercial del mundo antiguo, que atravesaba el puente terrestre de Canaán para unir las apartadas regiones de la Media Luna Fértil que iba desde Egipto en el sur hasta Mesopotamia en el norte. Josué (Josué, 12:21), el rey Salomón (I Reyes, 9:15) y el desdichado rey Josías (2 Reyes, 23:30) contemplaron sus murallas, que finalmente cayeron en manos de los invasores asirios.
Cuando llegue al Tel Megiddo, ahora Parque Natural de Megiddo y Lugar Patrimonio de la Unesco, no se puede evitar estremecerse ante las grandiosas puertas que mantuvieron a raya al ejército egipcio durante meses, así como las que se construyeron sobre ellas y que se atribuyen al rey Salomón. Contemplará desde lo alto un altar redondo donde los cananeos llevaban a cabo sacrificios, y entenderá lo que quiere decir la Biblia cuando habla de los “lugares altos” donde los cananeos y los israelitas hacían sacrificios a sus ídolos (2 Reyes, 23:19). Aquí también se encuentran las ruinas de la ciudad que construyeron los asirios hace unos 2.700 años, ahora dispersas por la zona.
Otro atractivo de Megiddo es el descenso de 180 escalones al pozo y el túnel, excavados en una sorprendente obra de ingeniería para canalizar el agua de manantial hacia la ciudad en el siglo VIII a. C., en tiempos del rey Ajab.
Aunque no existió aquí ninguna ciudad en vida de Jesús, una curiosa ilustración del relato de la Natividad se ha convertido en uno de los lugares más fotografiados: los pesebres de piedra de los establos pertenecientes a la época de los reyes israelitas son exactamente del mismo tipo que aquél en el que acostaron a Jesús al nacer (Lucas, 2:7).
Bajando por la carretera de Megiddo, en noviembre de 2005 tuvo lugar un extraordinario descubrimiento en unas excavaciones previas a la ampliación de una prisión: un suelo de mosaico con tres inscripciones en griego, entre las cuales se encuentra la que honra a Akeptos, una mujer “piadosa que ofreció la mesa para conmemorar a Dios Jesucristo”. Según los arqueólogos, dado que la inscripción menciona una mesa (y no un altar, costumbre que se adquiriría posteriormente), la Eucaristía por entonces debía de seguirse celebrando en torno a una mesa, a la manera de los primeros cristianos. Tal vez por ello este edificio sea único en el mundo cristiano, y actualmente está previsto renovarlo para que los visitantes cristianos puedan volver a rendir culto a Dios en la que podría ser la iglesia más antigua jamás encontrada.
Pero no hay nada como subir a lo alto del Tel Megiddo para contemplar unas vistas cautivadoras: al oeste el Monte Carmelo, el Monte Gilboa al este, Samaria al sur y, hacia el norte, justo al otro lado del valle, Nazaret. ¿Qué mejor lugar para orar y meditar que en este lugar incomparable de encuentro con el pasado y el futuro?