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Historias de Amor en la Tierra Prometida I

Israel ha sido escenario de bellos y románticos relatos, desde los tiempos de la Biblia hasta nuestros días.

En esta página:

introducción

No se puede decir que Israel, telón de fondo de algunos de los acontecimientos más importantes de la historia mundial, haya estado exento de dramas. Sin embargo, junto a los estremecedores acontecimientos del pasado y del presente, este país ha sido escenario de románticos episodios capaces de rivalizar con Hollywood por su emotividad e intensidad. He aquí algunos cautivadores relatos.

Madre de millones de descendientes

La historia de Raquel y Jacob, la tercera generación de matriarcas y patriarcas, demuestra un amor y una devoción inquebrantables. Cuenta la Biblia que la vida amorosa de Raquel comenzó cuando su primo Jacob la vio por primera vez en un pozo en la lejana Harán. Hipnotizado por la belleza de su prima, Jacob, algo fanfarrón, decidió impresionarla. Con una sola mano retiró la pesada piedra que cubría el pozo para abrevar a los rebaños de Raquel. Su siguiente paso, en unas negociaciones laborales poco frecuentes en tiempos de la Biblia, fue pedir la mano de Raquel a Labán, su padre, a cambio de trabajar durante siete años en la hacienda familiar.

Posteriormente se desencadenarían dramas de proporciones épicas en las vidas de los tres: la lucha de Jacob contra el ángel, el reencuentro con su hermano gemelo Esaú, la violación de Dina, hija de Jacob y Lía, la venganza de los hermanos de Dina... Sin embargo, a pesar de todo ello, el amor de Jacob por Raquel fue constante. Tras la muerte de Raquel en el parto de Benjamín, camino de Belén, Jacob erigió un monumento en su honor que aún se considera un santuario para las mujeres que desean rogar por su fertilidad.

Debido a todas las penalidades por las que atravesó, Raquel se ha convertido en la quintaesencia de la figura materna para el judaísmo. Según una antigua leyenda, Jacob tuvo la previsión de enterrar a Raquel en el camino de Belén porque imaginó que algún día los exiliados judíos pasarían por allí (como Jeremías, de hecho, dijo que hizo), y así Raquel rogaría a Dios que se apiadara de ellos.

En los terrenos del kibbutz Ramat Rachel, creado en 1927 con vistas a la zona donde se encuentra la tumba de Raquel, hay una estatua de bronce de estilo socialista-realista del escultor israelí David Polos que representa a Raquel como una madre que, orgullosa, protege a sus hijos. Detrás de la gran casa de huéspedes y del centro de convenciones del kibbutz, construidos tras la Guerra de los Seis Días, cuando esa zona dejó de ser fronteriza, se construyó un dosel nupcial permanente con magníficas vistas del Desierto de Judea y de Belén. Está a disposición de las numerosas parejas que desean comenzar su vida matrimonial en este punto para recordar el amor constante de la historia de Raquel.

Venidas del páramo

Las sobrecogedoras vistas del Desierto de Judea que pueden verse desde Ramat Rachel son también el telón de fondo del relato de Rut. Apenas podemos imaginarnos las adversidades que Rut debió de sufrir en sus propias carnes al recorrer ese páramo camino hacia Belén desde Moab con su suegra Naomi. En días despejados se pueden ver las montañas de Moab, en Jordania, que la recién enviudada Rut dejó tras de sí para acompañar a Naomi de regreso a la casa de sus antepasados en Belén. Las palabras de Rut a Naomi son una de las más célebres declaraciones de amor en el mundo: “Allá donde vayas iré yo; tu pueblo será mi pueblo, tu Dios será mi Dios”.

En Belén tuvo lugar otra historia de amor, pero esta vez entre Rut y el rico terrateniente Boaz. Rut, que era muy pobre, trabajaba como jornalera en los campos de cebada de Boaz cuando éste la invitó en su primera cita: un picnic. Quiso el destino que Boaz fuera un “pariente rescatador”, ya que estaba emparentado con el esposo fallecido de Rut, lo que significaba que él podía ponerse a la cola para casarse con ella. Naomi, que sabía reconocer lo bueno en cuanto lo veía, animó a Rut a ponerse sus mejores galas y su perfume más cautivador para reunirse con Boaz en una segunda cita bien entrada la noche. La pareja no tardó mucho en contraer matrimonio y en tener numerosos descendientes, de entre los cuales el más famoso fue su bisnieto David.

Locura de amor

Según el dicho popular, si los muros de piedra de la Torre de David pudieran hablar, ni siquiera ellos serían capaces de relatar más que en un susurro la terrible historia del amor del rey Herodes hacia la desgraciada princesa Miriam. Herodes el Grande, gobernador de Judea en tiempos de los romanos y constructor del Segundo Templo, repudió a su primera esposa plebeya para casarse con Miriam, perteneciente a la aristocrática familia de los asmoneos, en el año 37 a. C. Al parecer era bastante atractiva, según palabras de Josefo. En su libro “Antigüedades” dijo de ella: “Por la belleza de sus formas y la grandeza de sus andares, por su conversación y sus argumentos, era indescriptiblemente superior a las doncellas de su tiempo”.

Herodes, extranjero procedente del reino no judío de Idumea, no podía competir con el pedigrí sacerdotal de los asmoneos, y contraer matrimonio para entrar en la familia sin duda tampoco facilitó las cosas. Pero Herodes tenía una solución para salirse con la suya. Uno por uno, fue asesinando a toda su familia política, desde Aristóbulo, el hermano pequeño de Miriam, que había sido nombrado sumo sacerdote, hasta su abuelo, el anciano Juan Hircano.

Qué duda cabe de que con esto no se ganó precisamente el cariño de su esposa. Por si fuera poco, Salomé, la hermana de Herodes, y Cipros, su madre, echaban leña al fuego insinuando constantemente que Miriam le había sido infiel, llegando a decir incluso que se enfrentó a Cleopatra al enviar un retrato de sí misma a Antonio en Roma. Debido a las rencillas que había entre las mujeres de su vida, cuando Herodes tuvo que ir a Rodas sin remedio a presentar sus respetos ante César, las separó, dejando a Miriam y a la madre de ésta en una de sus fortalezas. Sólo pedía una cosa: si el viaje para presentarse ante César iba mal y le asesinaban, su tesorero Soemo debía matar a Miriam; la amaba tanto que no podía soportar la idea de que la muerte les separara. Pero Soemo se imaginó que si mataban al rey, más le valdría a él estar a buenas con su viuda, por lo que reveló a Miriam los planes de Herodes. Cuando Herodes regresó sano y salvo, fue a ver a su esposa para prometerle amor eterno, como quien dice. “Desde luego, no tengo la menor duda de ello, especialmente por ordenar que me mataran”, fue más o menos la respuesta de Miriam, según una inusual cita directa de Josefo que aparece en otro de sus libros, “La guerra de los judíos”. Esto fue el principio del fin. Azuzado como de costumbre por su hermana y su madre, Herodes humilló a Miriam en un juicio público, durante el cual incluso la madre de ésta se volvió contra ella, y fue condenada a muerte junto con el desgraciado Soemo.

Lo que Josefo quiso transmitir cuando dijo: “Él a menudo se lamentaba por ella de manera indecente” (Guerra, 15:7) sólo podemos imaginarlo. Sabemos que el rey vagaba por las estancias de palacio en la noche llamando a su amada. Durante el día, sin embargo, encontraba energía suficiente para seguir con sus viejos métodos: asesinó a los dos hijos que sobrevivieron de los cinco que tuvo con Miriam, con lo que no dejó con vida a un solo miembro de la dinastía asmonea.

Herodes construyó una magnífica torre en recuerdo de Miriam, de la cual no queda nada en la actualidad. Sin embargo, cerca del lugar donde podría haber estado, próxima a la Puerta de Jaffa de la Ciudad Vieja de Jerusalén, existe otra enorme torre que construyó, y que puede contemplarse en el Museo Torre de David. Cuando suba por sus viejos peldaños de piedra, deténgase un momento y aguante la respiración: tal vez aún se escuche el eco de los gritos de dolor del rey y de Miriam.

Continuará...

 

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