Según
el dicho popular, si los muros de piedra de la Torre de David pudieran hablar,
ni siquiera ellos serían capaces de relatar más que en un susurro la terrible
historia del amor del rey Herodes hacia la desgraciada princesa Miriam. Herodes
el Grande, gobernador de Judea en tiempos de los romanos y constructor del
Segundo Templo, repudió a su primera esposa plebeya para casarse con Miriam,
perteneciente a la aristocrática familia de los asmoneos, en el año 37 a. C. Al
parecer era bastante atractiva, según palabras de Josefo. En su libro
“Antigüedades” dijo de ella: “Por la belleza de sus formas y la grandeza de sus
andares, por su conversación y sus argumentos, era indescriptiblemente superior
a las doncellas de su tiempo”.
Herodes,
extranjero procedente del reino no judío
de
Idumea, no podía competir con el
pedigrí sacerdotal de los asmoneos, y contraer matrimonio para entrar en la
familia sin duda tampoco facilitó las cosas. Pero Herodes tenía una solución
para salirse con la suya. Uno por uno, fue asesinando a toda su familia
política, desde Aristóbulo, el hermano pequeño de Miriam, que había sido
nombrado sumo sacerdote, hasta su abuelo, el anciano Juan Hircano.
Qué
duda cabe de que con esto no se ganó precisamente el cariño de su esposa. Por si
fuera poco, Salomé, la hermana de Herodes, y Cipros, su madre, echaban leña al
fuego insinuando constantemente que Miriam le había sido infiel, llegando a
decir incluso que se enfrentó a Cleopatra al enviar un retrato de sí misma a
Antonio en Roma. Debido a las
rencillas que había entre las mujeres de su vida, cuando Herodes tuvo que ir a
Rodas sin remedio a presentar sus respetos ante César, las separó, dejando a
Miriam y a la madre de ésta en una de sus fortalezas. Sólo pedía una cosa: si el
viaje para presentarse ante César iba mal y le asesinaban, su tesorero Soemo
debía matar a Miriam; la amaba tanto que no podía soportar la idea de que la
muerte les separara. Pero Soemo se imaginó que si mataban al rey, más le valdría
a él estar a buenas con su viuda, por lo que reveló a Miriam los planes de
Herodes. Cuando Herodes regresó sano y salvo, fue a ver a su esposa para
prometerle amor eterno, como quien dice. “Desde luego, no tengo la menor duda de
ello, especialmente por ordenar que me mataran”, fue más o menos la respuesta de
Miriam, según una inusual cita directa de Josefo que aparece en otro de sus
libros, “La guerra de los judíos”. Esto fue el principio del fin. Azuzado como
de costumbre por su hermana y su madre, Herodes humilló a Miriam en un juicio
público, durante el cual incluso la madre de ésta se volvió contra ella, y fue
condenada a muerte junto con el desgraciado Soemo.
Lo
que Josefo quiso transmitir cuando dijo: “Él a menudo se lamentaba por ella de
manera indecente” (Guerra, 15:7) sólo podemos imaginarlo. Sabemos que el rey
vagaba por las estancias de palacio en la noche llamando a su amada. Durante el
día, sin embargo, encontraba energía suficiente para seguir con sus viejos
métodos: asesinó a los dos hijos que sobrevivieron de los cinco que tuvo con
Miriam, con lo que no dejó con vida a un solo miembro de la dinastía
asmonea.
Herodes
construyó una magnífica torre en recuerdo de Miriam, de la cual no queda nada en
la actualidad. Sin embargo, cerca del lugar donde podría haber estado, próxima a
la Puerta de Jaffa de la Ciudad Vieja de Jerusalén, existe otra enorme torre que
construyó, y que puede contemplarse en el Museo Torre de David. Cuando suba por
sus viejos peldaños de piedra, deténgase un momento y aguante la respiración:
tal vez aún se escuche el eco de los gritos de dolor del rey y de
Miriam.
Continuará...