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Historias de Amor en la Tierra Prometida II

Israel ha sido escenario de bellos y románticos relatos, desde los tiempos de la Biblia hasta nuestros días.

En esta página:

Romance en Tel Aviv

Esta historia se desarrolló en la encantadora y antigua casa Rokach, situada en el número 36 de la calle del mismo nombre, en el corazón del barrio recientemente rehabilitado Neve Tzedek, al sur de Tel Aviv. Shimon Rokach, el fundador del barrio, construyó en 1887 esta suntuosa casa, con una cúpula de cobre bruñido diseñada por su arquitecto austríaco.

Nacido en Jerusalén, Rokach fue el heredero de una célebre y familia ancestral de Safed. Se trasladó a Jaffa para recaudar para los turcos los impuestos de los viajeros que recorrían el trayecto entre Jaffa y Jerusalén, pero pronto se estableció por su cuenta en el sector inmobiliario, convirtiéndose en un importante personaje público del cual el escritor contemporáneo Moshe Smilansky dijo: “Quien no haya visto a Shimon Rokach con su corbata blanca y su tocado de seda blanca no habrá visto a un príncipe judío en su vida”. Filántropo en sus ratos libres, el "príncipe" creó una biblioteca, una clínica, una organización benéfica y la orden local B’nai B’rith.

Rokach y su esposa Raquel tuvieron cinco hijos. El relato que nos ocupa gira en torno a su hija Hannah.

Todo comenzó cuando el Dr. Leon Majarovitz (a quien sus pacientes árabes de Lod llamaban “Dr. Majaro”, para abreviar) decidió buscar esposa. Cuando Majaro llegó a Lod en 1919 procedente de Odessa, conoció a un negociante árabe, el cual le dijo que necesitaba una esposa. Dado que en aquel momento era el único judío de la ciudad, no tenía muchas posibilidades de encontrar una novia judía. Sin embargo, se decía que la muchacha más hermosa de Tel Aviv, la gran ciudad, era la hija de Rokach, Hannah. Y allí se fué. Sin embargo, demasiado tímido para presentarse de improviso en la residencia de los Rokach, Majaro se dirigió a casa de Meir Dizengoff, también venido de Odessa. Mientras Majaro se encontraba en casa de Dizengoff, quiso la casualidad que no apareciera por allí otra persona sino Hannah Rokach, vendiendo entradas para un baile benéfico. Ella y Majaro entablaron conversación. Hannah, con su hermoso vestido rosa y su sombrero a juego, estuvo hablando con él sobre el piano cuya técnica aprendió a dominar en el Conservatorio de Lausana; él respondió que tocaba el violín. Ambos quedaron en reunirse enseguida para disfrutar de la música.

Así fue. Un Sabbath estaba Hannah en el balcón viendo a Majaro subir por la calle con el violín bajo el brazo. Hannah se dio cuenta de que aquello no le iba a gustar nada a su padre, judío practicante. Sin embargo, afortunadamente, según contó la artista Leah Majaro-Mintz, hija de Hannah, a Discover Israel, él jamás llegó a enterarse, y ambos siguieron viéndose con su beneplácito.

Posteriormente, el nuevo cargo que Majaro tendría que desempeñar en el gobierno del Mandato le llevó a El-Arish (Egipto) para cribar a los viajeros enfermos en la frontera, con lo cual tuvo que alejarse de Hannah. Él y Hannah prosiguieron con su relación por carta. Sin embargo, en un momento dado, dejó de recibir cartas de Hannah sin explicación alguna, lo cual llenó a Majaro de consternación. Sin decir nada a nadie, se metió en un tren camino de Tel Aviv. Ese mismo día hubo una explosión en el campamento fronterizo, y al no encontrarse rastro del médico, se creyó que había fallecido en ella. Sin embargo, todo el mundo dio un gran suspiro de alivio al enterarse de que su romance le había salvado de la tragedia.

La familia Rokach consideró que el hecho de el joven médico hubiera escapado de la muerte gracias a sus románticos sentimientos hacia Hannah era un milagro y un signo de que la joven pareja debía unirse en matrimonio, lo cual hicieron en 1921.

Con el tiempo, se trasladaron a la Ciudad Vieja de Jerusalén, donde nació Leah Majaro-Mintz. Por cierto, después de que la guerra de 1967 reunificara Jerusalén, Leah regresó al Barrio Judío, donde las esculturas que salpican sus jardines se han convertido en una estampa característica desde hace tres décadas.

Durante los años siguientes, la casa Rokach, al igual que el resto del Neve Tzedek, empezó a decaer, e incluso se decretó su demolición. Sin embargo, justo en el último momento Leah ganó la batalla legal para recuperar la propiedad de la casa, y empezó a trabajar en su restauración con la ayuda de su nuera Gili para perpetuar la saga familiar. Debido a su labor de rehabilitación, Leah Majaro-Mintz obtuvo un premio del Consejo Israelí de Enclaves y Edificios Históricos, así como el Premio Europeo de Conservación Henry Ford.

La casa Rokach está ahora abierta diariamente al público, como museo de la época y de la familia. Las habitaciones están llenas de objetos que relatan historias de tiempos pasados, así como esculturas de Leah Majaro-Mintz dedicadas a la mujer y a su papel en la sociedad. También presentan semanalmente una dramatización sobre la familia. Es una joya de la Tel Aviv vieja que no se puede perder.

Las colinas están vivas

La gente llega a lo alto de esta colina con vistas al Valle de Israel para escuchar el relato de valentía de Alexander Zaid, que llegó a Israel en 1904 y fundó Hashomer, “El vigilante”, la primera organización de defensa de los judíos creada en la Tierra de Israel. Él y sus compatriotas se dedicaban a proteger los campos y los huertos de los judíos de Palestina, y con sus bandoleros y sus caballos acabaron por convertirse en leyenda.

En 1926, Alexander Zaid se trasladó a las colinas situadas sobre el antiguo paraje de Beit She’arim. Allí vivió en las condiciones más primitivas, vigilando el valle, como aún lo hace ahora su estatua de bronce mayor que el tamaño natural. Hay quien dice que la colina, denominada en árabe Sheikh Abreik, es donde está enterrado Barak, comandante en jefe de la profetisa Débora. Pero esa es otra historia, al igual que el romance entre Zaid y su esposa Séfora. Parece ser que su madre creyó que Séfora jamás podría ser feliz viviendo en una viña con sólo un cobertizo como refugio. Sin embargo, Séfora, de quien se decía que fue la primera en llevar la escandalosa moda de los pantalones a las mujeres de Galilea, jamás se quejó.

Esta historia habla también de otro amor, que en esta ocasión se desarrolló en las salas de conciertos de Alemania en los días que siguieron al fin de la Primera Guerra Mundial, cuando apareció en escena una joven belleza de tez oscura y ascendencia judía yemení llamada Bracha Zefira. Zefira había dejado las privaciones de una Jerusalén asolada por la guerra para ir a un internado en el que saldría a la luz el talento que posteriormente le haría famosa en el extranjero. Sin que ella lo supiera, un tal Nachum Nardi, músico también, asistía a todas sus actuaciones. Nardi se ofreció a acompañar a Zefira al piano, y con el tiempo se casaron. La ascensión al poder de los nazis puso fin al éxito de su carrera, y regresaron a Palestina, creando su hogar junto al grupo que había llegado a las colinas de Sheikh Abreikh para vivir lo que en la década de 1920 se consideraba un “estilo de vida alternativo”.

Cuando este grupo de bohemios no trataban de salir adelante en el campo con sus rebaños imitando a sus vecinos árabes, iban cantando por la vida. En ocasiones, decía la gente que se paraban en medio de la calle cuando les llegaba la inspiración para ofrecer una serenata a los transeúntes. Aquí Zefira y Nardi escribieron algunas de sus canciones más célebres, y el "estilo oriental" de Zefira sentó las bases de la música mediterránea israelí.

Cuando el Servicio de Radiodifusión de Palestina, precursor de Radio Israel, comenzó sus emisiones el 30 de marzo de 1936, Zefira interpretó canciones yemeníes acompañada por Nardi. Sin embargo, las tensiones entre árabes y judíos iban en aumento, y el 10 de julio de 1938 se produjo una catástrofe en este pequeño grupo, cuando unos maleantes árabes asesinaron a Alexander Zaid. Debido al ambiente político resultante, el público empezó a rechazar el estilo de música de Oriente Próximo en el que destacaba Zefira. Comenzó a dedicarse a la música clásica, pero ya no era lo mismo. Ella y Nardi acabaron por tomar rumbos diferentes y se divorciaron.

C

on el tiempo, Zefira se casó con otro músico, Ben-Ami Zilber, pero perdió la voz y, buscando otras formas de expresión, se dedicó a la pintura abstracta. Aquí también tuvo éxito: un amante del arte anónimo adquiría sus cuadros, para su sorpresa y deleite. Tras la muerte de Zilber, al abrir un cobertizo que había en los terrenos de la casa, Zefira descubrió que había sido su amado Ben-Ami el que había adquirido todos sus cuadros.

El

estilo de Bracha Zefira no sólo ha revivido en la música de las grandes artistas locales como Shoshanna Damari y Ofra Haza, sino que también el célebre cantante Ariel Zilber ha conservado la tradición musical de sus abuelos y la ha llevado a la escena musical israelí. Al igual que en todos los demás relatos, éste es el colofón que mantiene viva la llama del amor.

Las ideas de este artículo y algunos de sus contenidos se han extraído con el permiso y el agradecimiento de Ofer Regev, autor del nuevo libro “Lehitahev B’Eretz Yisrael” (“Amor en la Tierra de Israel”), Kinneret, Zmora-Bitan, Dvir Publishing House, Ltd., Tel Aviv, 2005 (hebreo).

 

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