Aunque parezca sorprendente, la vista de los frondosos emparrados que hay a los pies de Tel Lachish, al sudoeste de Jerusalén, es la misma que el conquistador asirio Sennacherib contempló hace más de 1.300 años.
La vista le impresionó tanto que hizo adornar con parras los relieves de su palacio de Nínive conmemorativos de su conquista de Lachish. (Los originales se encuentran en el British Museum y se exponen reproducciones en el Museo de Israel. Sin embargo, la Autoridad Israelí de Parques y Naturaleza y la Universidad de Tel Aviv van a instalar reproducciones también en este enclave.)
El visitante aún puede ver las pruebas de la destrucción del Rey Sennacherib (2 Reyes,18:14, Is. 36:2) en lo que queda de una enorme rampa de asedio.
Al ascender por el sendero de este monte de 50 metros de alto, se pasa por una puerta que los babilonios tuvieron que derribar en el año 586 EC (era común).
Aquí se desenterraron las célebres “cartas de Lachish”. En una de ellas, un comandante de Judea, que probablemente combatía contra los babilonios, escribe que no ve las hogueras de señalización desde Lachish. El carácter despejado del panorama nos ayuda a entender el temor que contienen estas palabras. También se pueden ver los restos de un palacio, la mayor estructura desenterrada de la época del Primer Templo, y basas de columnas monumentales de un palacio del período persa. El “gran pozo” de más de 36 metros de profundidad, que proporcionaba agua a la ciudad en aquellos tiempos del Primer Templo, es otro de los elementos destacados.