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Kibbutz Sde Eliyahu

Bucólico. Ninguna otra palabra describe con tanta perfección el Kibbutz Sde Eliyahu. No es que todos los vergeles, viñedos y campos estén trazados con precisión de delineante.

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Kibbutz Sde Eliyahu

por Jonathan Danilowitz

 

Bucólico. Ninguna otra palabra describe con tanta perfección el Kibbutz Sde Eliyahu. No es que todos los vergeles, viñedos y campos estén trazados con precisión de delineante; ni que los huertos no tengan malas hierbas; ni que las alfombras de hojas caídas estén por barrer. Muy al contrario, todo esto se suma a la sensación natural, sin pretensiones y realista del estilo de vida del kibbutz, como antaño.

 

Sde Eliyahu, fundado hace casi 70 años, se arrebuja en el corazón del valle de Beit Shean. Es uno de los kibbutzim que bordean la frontera entre Israel y Jordania.

 

Tal vez una de las primeras cosas que el viajero advierte en Sde Eliyahu es que casi todos los hombres llevan cubierta la cabeza (al igual que muchas mujeres) según la tradición ortodoxa. Este kibbutz religioso es uno de los cada vez menos kibbutzim que no se han privatizado en ninguno de los sentidos de este término. Los miembros del kibbutz siguen reuniéndose tres veces al día en el comedor común para dar cuenta de copiosas comidas que todos se sirven personalmente, sin olvidar jamás llevar los utensilios que han utilizado al fregadero. Cada cual hace su tarea, según su capacidad, y todos son iguales, como en los kibbutz a la vieja usanza.

 

Sin embargo, a pesar de tanto convencionalismo, tradición e institucionalización, una mirada más profunda a Sde Eliyahu revela una modernidad envidiable. Por sorprendente que pueda parecer, ya hace más de 40 años que aparecieron allí los primeros brotes de un modo de vida ecológico y respetuoso con el medio ambiente: el miembro del kibbutz Mario Levi, con un magnífico sentido previsor, convenció a sus compañeros de que al rociar sus campos con insecticidas estaban causando a la tierra, al medio ambiente y a sí mismos un daño a largo plazo, por no mencionar el envenenamiento de la propia cosecha. Empezó a cultivar uvas, pomelos y dátiles biológicos, y su terca determinación ha dado fruto (dicho sea sin intención jocosa alguna) para las generaciones venideras.

 

Pasó un tiempo hasta que todos los miembros del kibbutz aceptaron aquella idea que, entonces, resultaba tan excéntrica: que era posible cultivar perfectamente sin fertilizantes ni plaguicidas químicos, en total armonía con la naturaleza y con el medio ambiente. En la actualidad, aunque todavía hay algunos cultivos a los que no se aplican estrictamente los principios de la agricultura biológica, el núcleo del kibbutz está rodeado de un cinturón de 500 metros de ancho donde hace años que no se utilizan productos químicos. "Vivimos y respiramos aquí, ¿por qué íbamos a utilizar venenos en nuestros propios huertos?" declara la kibbutznik Sara Goldsmith (41 años) con vehemencia. "Queremos producir lo mejor para los mercados y para nosotros mismos, así que lo hacemos bien, según los métodos biológicos".

 

El programa "Biovisita a Sde Eliyahu" ofrece a los visitantes la posibilidad de conocer de cerca este paraíso agrícola en el que se ha conseguido el equilibrio entre la interacción del ser humano con la naturaleza, la tecnología y la tradición. Estas visitas nacieron de la necesidad: la enorme cantidad de gente que estaba interesada en aprender los sistemas únicos del kibbutz y su actitud hacia el medio ambiente provocó una avalancha de solicitudes que había que canalizar de una forma más o menos ordenada. Como consecuencia, también usted, querido lector, puede pasar un día fascinante sumergido en la atmósfera del kibbutz y aprender sus "secretos". ( www.bio-tour.com 054-5640971).

 

Empecemos por el viñedo, de cultivo biológico, por supuesto. Nuestro guía nos explica que las botellas de plástico que cuelgan a intervalos regulares asustan a los chacales y los mantienen alejados. (¿Y qué se le ha perdido a un chacal en un viñedo? Pues nada, pero desentierran las raíces y causan muchos daños.) Pero cuando los chacales dejaron de venir, se multiplicaron los conejos que, a su vez, rasgaron las redes de malla que rodean el vergel de pomelos colindante. Estas redes mantienen a raya las plagas que estropean los pomelos, de modo que los agricultores del kibbutz construyeron túneles de acceso de madera para que los conejos no las rompieran.

 

Qué complicado, ¿verdad? Pues la cosa no acaba aquí. Estratégicamente distribuidos por los campos hay cajas nido para atraer a las lechuzas, los ratoneros y otras aves rapaces, a fin de controlar a los ratones de campo y otros roedores que deterioran los cultivos (los ratoneros de día, las lechuzas, de noche). En los bosques de palmeras datileras, rebaños de burros hacen de "segadoras" y mantienen el suelo sin malas hierbas, con lo que se ahorra un agua muy valiosa. El último experimento de control de plagas en los huertos son cajas nido para murciélagos, que son insectívoros. Todo el sistema (de gestión integral de las plagas) se basa exclusivamente en la naturaleza para dar lugar a resultados no perjudiciales.

 

Como es natural, utilizan exclusivamente abonos naturales, producidos en el kibbutz mediante reciclaje. No se desperdicia nada. Los pomelos, por ejemplo, se envían a una planta externa donde se elabora zumo de esta fruta, con propiedades supuestamente medicinales. Las semillas prensadas, junto con las cáscaras de los frutos, se devuelven al kibbutz. Aquí, extraen aceite de pomelo de las semillas y convierten las pieles en polvo, un producto muy preciado en la industria cosmética.

 

Pero la yuxtaposición más interesante de ciencia y naturaleza es, con mucho, la planta de SIT (siglas en inglés de “técnica de esterilización de insectos”) del kibbutz, donde se crían millones de machos estériles de la mosca de la fruta mediterránea. A continuación, se los deja libres, y la consecuencia es una reducción de la población de moscas de la fruta sin utilizar plaguicidas. (Las hembras no fertilizadas no pueden poner los huevos que pudren la fruta.) Israel y Jordania cooperan estrechamente para controlar estas moscas, y Sde Eliyahu vende machos estériles al otro lado de la frontera, para soltarlos allí también.

 

Otro éxito abrumador es el sistema de abejas biológicas de Sde Eliyahu: se crían enjambres de abejas en colmenas de cría especiales. A continuación, se colocan en los invernaderos, donde estos insectos hacen lo que mejor saben hacer: polinizar las flores de las verduras a fin de producir pimientos, calabacines, pepinillos, tomates y muchas otras hortalizas perfectas. Como efecto secundario, se potencia la idea de no utilizar plaguicidas, porque los agricultores saben que esos venenos no solo matan las plagas, sino también las abejas.

 

Y esto ha promovido la tercera industria insecticida del kibbutz: en Bio-Bee Biological Pest Control crían diversos ácaros, avispas, chinches y escarabajos depredadores que viven en armonía con los cultivos y se alimentan de las plagas que destruyen las frutas y las hortalizas. Se introduce a estos depredadores en los invernaderos o se los suelta en los campos: aquí, impera la ley de la supervivencia del más apto y las normas de la Madre Naturaleza se encargan de mantener el equilibrio ecológico entre las especies.

 

El área del Valle de Beit Shean ha adoptado hace poco un nuevo nombre: "Valle de los Manantiales", en reconocimiento a las docenas de manantiales naturales de los alrededores. La propia Beit Shean es un libro de historias de la historia. Por su parte, las montañas y el valle de Gilboa están repletos de enclaves por descubrir, explorar y disfrutar. No se limite a "lo de siempre" y dedique un tiempo a explorar el área... sin miedo, que las avispas y las abejas no pican.

 
 

© Copyright Jonathan Danilowitz 2008.

 

 

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